Si yo fuera mujer

por Daniel Ulibarri

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Hay malestares que no se alivian con una visita al médico. Si yo fuera hembra, esa lección la habría aprendido décadas antes que cualquierpendejo.

Supongo porque -de entrada- sabría lo que es ser decepcionada y empoderada, consentida y castigada, acariciada y violada… Porque la historia de la princesa peinada y la infancia encerrada, enseñan nada.

Porque hubiese aprendido a golpes de cachete, entre cicatrices y moretes el único día en el que me quisiera ver guapa.

Porque sería abusada y atacada todos los días por las miradas, el idioma, la religión y la cultura; por los hombres, por mis padres, las novelas y revistas, los periódicos y las noticias.

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Sabría lo que es sufrir machismo por parte desde mi jefe hasta el conserje. Sería machista pasiva, aunque solamente con mis mejores amigas.

Sería juzgada por cada kilo y vestido, ridiculizada y ultrajada: en la calle o en un taxi, de noche o de día; juzgada por lo que como, por cuánto cago. Si me tiro un pedo, si mi pelo no es sedoso y largo.

Tendría que aceptar que difícilmente ocuparía el mismo cargo que otro compañero solo por ser mujer…

Y, claro: a huevo demostrar que merezco respeto y soy buena en lo que hago, con el doble de esfuerzo y la mitad del salario.

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Sabría lo que se siente ver llegar al doctor con una jeringa en la mano dispuesto a inyectarme algo en la columna para después pujar y pujar y finalmente parir, y tener que decir que un hijo es una bendición, porque así tiene que ser.

Porque no está bien decir, por ejemplo, que sentí terror al escuchar su llanto queriendo mamar de mis pezones en carne viva; al escuchar un llanto que por los próximos veinte años dependerá solo de mí para calmarlo, porque su papá se esfumó después de una eyaculación (quizá precoz, ojalá no violenta).

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Sangraría por varios días al mes y no me moriría. Me daría por vencida con eso de intentar explicarle a un hombre que no tiene sentido diferenciar el abuso y la vulgaridadcuando no hay una sola diferencia.

Pasaría exhausta, no sé si tendría tanto coraje como para soportar la desfachatez masculina que abruma el día a día. Pero eso sí: me opondría contundentemente a la violencia simbólica del color rosita.

No sería ni judía, ni cristiana, ni musulmana.

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Rechazaría todas las mitologías que colocaran a las mujeres en posiciones secundarias, dependientes o auxiliares.

Es más, ni siquiera tendría creencias religiosas, porque éstas son por sí mismas denigrantes para cualquier hembra. Y yo sería una hembra bien pipa y relajada.

Sabría distinguir entre mi derecho al placer sexual y mi derecho a la reproducción elegida y planeada.

Sólo fornicaría por placer, no por negocio, pero respetaría todo tipo de prostitución mientras fuera libre y voluntaria, y sin cargo al erario público.

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No le daría importancia alguna al mito virginal y sería muy promiscua. O tal vez no. Sería asunto mío. PUNTO.

Nunca me uniría en pareja salvo que todo fuera de veras parejo en lo sustancial: responsabilidades, gastos, cuidados y aseos. En mi casa no habría lugar para la “doble jornada laboral”, porque se viviría dentro de un régimen de “cooperativismo familiar”.

No defendería ni exigiría “cuotas de género” ni “acciones afirmativas”, por tratarse de medidas mediocres y ofensivas para toda mujer de veras capaz. Sólo exigiría competir en condiciones de igualdad para todos los seres humanos. Y no pediría ventaja alguna por mi condición de mujer.

No le demandaría al gobierno inútiles y ridículas medidas de seguridad, como la “alerta de género”.

Aprendería artes marciales y defensa personal antes que ballet, belly dance, aerobics, crossfit, table dance, pilates, yoga, ni demás carajadas. Sería agresiva, pero bien vaga.

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Envejecería sin complejos, sin cremas anti- arrugas, sin cirugías estéticas, sin siliconas, sin bótox y sin tintes para ocultar las canas.

Y si cambio de opinión, la asumiría. Porque sería mi derecho, porque de derechos se trata.

Porque si yo fuese mujer, nunca -bajo circunstancia alguna- me quedaría con las ganas.

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