Contra el mito vaginal

por Daniel Ulibarri

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Le doy una vuelta al globo terráqueo y encuentro en cualquier parte que mire, de alguna forma u otra, a la mujer subordinada y forzosamente paralizada en una posición de desventaja con respecto a nosotros los hombres.

De la cuna a la tumba, y durante siglos, la mujer ha sido relegada a un papel social secundario, definido por un lenguaje opresor y tramposo que dicta cuáles son las tareas del sexo femenino. Lo he visto desde que tengo memoria.

Crecí  en una Costa Rica de  Paco y LolaUn Minuto con Dios La Diosa del Reggaetón, donde las chicas tienen que sortear una vida de mensajes mutuamente excluyentes: de ser sexy pero a la vez guardarse la “pureza”; de subir la escalera corporativa, pero a la vez recordar que lo más significativo es formar una familia.

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No me hace falta tener ovarios para entender que, aquí o en China, el nacer hembra es bien jodido. Cada día se explota y etiqueta más a la mujer. Por puta, por zorra, por trepadora… Si no es una calienta pichas, es estúpida o está loca.

Se perpetúa una paradoja patriarcal que establece que la mujer, para desarrollarse, debe luchar por contraer matrimonio para tener un hombre a su lado que la apoye y le dé un lugar en la sociedad.

No importa si ella no desea tener hijos; debetenerlos, amarlos y entregarse desinteresadamente. Si resulta que los abandona por un interés en otra clase de vida —la que sea— será censurada hasta el fin de sus días.

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El estereotipo se mantiene: la mujer trae consigo la capacidad de asumir el papel de madre en todo su significado social. Dicho papel está circunscrito al ámbito de lo doméstico y ella es la única responsable de las funciones reproductivas.

Sin embargo, encuentro mujeres que después de haber tenido un ser en su vientre durante nueve meses, de haberlo visto nacer y darle su pecho, no desarrollan un sentimiento maternal. No es algo nuevo: la capacidad de maternalizar la relación con su bebé nunca ha sido necesariamente innata para la mujer.

En 1970, los doctores estadounidenses Kenneth S. Robson y Howard A. Moss entrevistaron a 54 madres primerizas como parte de un estudio del Instituto Nacional de Salud Mental de Boston para rastrear sus sentimientos en desarrollo hacia sus hijos. Casi el 40% de la muestra indicó no experimentar sentimientos maternos hacia su bebé. Sólo un 13% denominó como “amor” sus sentimientos. Los autores concluyeron que se requiere aproximadamente tres semanas de crianza antes de que la mayoría de las madres describa sentir amor hacia sus infantes.

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Sin embargo, socialmente se mistifica a la mujer ubicándola en una posición ideológica desde la cual ella tendría la sensación de realizarse en tanto cumpla lo que se espera de ella: desde su infancia educada para que su personalidad encuadre dentro del papel de madre y no perciba frustraciones o limitaciones de su verdadera autorealización. Lo contrario: se espera que se vea a sí misma desde esa perspectiva ideológica como una persona que ha alcanzado la plenitud de su proyecto de vida.

Desde el relato de Adán y Eva, se concibe que la mujer es ayudante del hombre, especialmente en la tarea de procrear. Desde el punto de vista religioso, la mujer es vista a partir de su función materna.

Eva es condenada a parir con dolor después de que indujo a Adán al pecado; posteriormente, la figura femenina queda reinvindicada con el personaje de María, quien sin dolor y sin la participación del hombre concibe a Jesús. Sin embargo, su papel de madre no influyó en su misión redentora, a pesar del amor que sentía por su hijo.

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Existen estudios antropológicos que destacan las relaciones sociales como un fenómeno cultural, no natural. Para ello parten del acto de la caza, actividad en la cual se distingue al hombre como el ser fuerte, ágil por su conformación física y biológica; las mujeres por lo contrario, más débiles y menos agresivas, se les asigna la tarea principal de cuidar y cargar la cría.

Se concibe entonces al hombre como el único proveedor de bienes, en tanto se considera a la mujer como un objeto de su propiedad y, por consiguiente, con un estatus inferior.

Entonces, el hombre trabaja para la sociedad y la mujer para su cónyugue. Así podemos apreciar que la maternidad tiene un fin económico: se trata de criar hijos a quienes se les heredará el patrimonio paterno y se constituye así la relación madre e hijo solamente en un medio para conseguir el objetivo económico.

En la Edad Media, se concebía el papel de la mujer únicamente como procreadora; se buscaba garantizar la perpetuación de la especie. Actualmente la maternidad es concebida dentro del concepto de una naturaleza femenina, donde biológicamente la mujer cuenta con las condiciones para la reproducción de la especie.

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Nos encontramos con mujeres que durante su desarrollo han interiorizado el deseo de realizarse mediante la maternidad y su concepción de mundo gira alrededor de la guardacrianza. Otras se han incorporado a la enseñanza superior, lo que las lleva a desempeñarse profesionalmente en las carreras de su interés, requeriendo de terceras personas para el cuidado de sus hijos.

Yo insisto en que es fundamental entender la diferencia entre la reproducción y la maternidad; la primera se refiere al orden de la especie, mientras que la maternidad se ubica en el espacio de la cultura y constituye una fución social.

La capacidad de la maternidad no es innata en la mujer sino que depende de una serie de factores psicológicos y sociales. Muchas presentan una motivación psicológica en el anhelo de desempeñar el papel de madre. Dicha motivación por lo general tiene su base en patrones de crianza o por la seguridad que le otorga el contar con condiciones materiales que le faciliten asumir dicha tarea. Existen otras mujeres que al no contar con esas condiciones, empiezan a desvalorizar la maternidad y dejan de verla con el significado socialmente establecido.

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Desde el punto de vista biológico, se parte de que el instinto es un “saber hacer” heredado genéticamente. Por ejemplo, el instinto materno de la araña es muy claro. Ella pone un huevo y de inmediato inicia su labor de tejido. Si el huevo es retirado, ella continuará con su conducta natural. Es decir, seguirá tejiendo la tela.

En el ser humano privilegia un concepto ético complejo y abstracto. Se habla de “capacidad de maternidad” y se entiende que la mujer requiere de estímulos psicosociales para desarrollarla, estos se adquieren o no de acuerdo con su proceso de socialización.

En las mujeres de todo el planeta bulle una reserva de furia latente, porque la mujer no es una reproductora. No es un ser de menos. No es un objeto creado para el gozo sexual del hombre. La mujer es un ser humano capaz de participar plena e igualmente en toda esfera de la actividad humana. Cuando a la mujer se le restringe, eso frena el avance de la humanidad en conjunto.

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Desde hace muchísimo ha sido necesario establecer un nuevo criterio. Es imposible defender el rol de la madre como la condición típica y más elevada de la mujer sin todo lo que eso conlleva, lo que incluye apresar a la mujer en su biología, la crianza de los hijos, la subordinación al hombre, sujeta a las opiniones y castigos de la supremacía masculina.

Es crucial que la mujer tenga el derecho y la libertad de decidir cuándo o si quiere tener hijos o no, y si quiere casarse o no, y romper con los confines sofocantes de definir el propósito y el valor de una mujer en términos de ser una esposa y madre.

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