Lo que nos hace “hombres”

Por Daniel Ulibarri

Dicen que los hombres somos poco sensibles, despreocupados, que no nos gusta hacer contacto con nuestras emociones porque eso es territorio exclusivo del lado femenino.

Desde pequeños nos enseñan a disimular, a callarnos, a comportarnos como el otro cree que debemos comportarnos y a mantener esas apariencias.

Luego de años y años de entrenamiento nos convertimos en machos, en varones, en verdaderos cabrones; maestros en el arte de sacar falsa casta y guardar verdaderos complejos.

También nos dicen que, a diferencia de un niño, un hombre es capaz de tomar las riendas de su vida y cobijar bajo su ala protectora a los suyos; aprendemos que somos los hombres quienes aparentemente tomamos las decisiones.

Nosotros tenemos el valor y lideramos con fortaleza. Y no se trata solamente de una apariencia o de cierta actitud, de nuestro don de mando y fuerza física…

No.

Ser hombres es preocuparnos por los demás pero sin perder los estribos o dejarnos llevar por el miedo.

Somos prácticos y sabemos resolver las cosas. Al fin y al cabo, ser prácticos es la mejor forma de darle importancia a la realidad y despreocuparnos por todo eso que no nos concierne, como la sensibilidad y los sentimientos.

Nos sabemos tan hábiles que somos capaces de sacar un clavo con otro clavo y jamás poner en evidencia inseguridad alguna, porque tenemos las armas para enfrentarnos a la vida como embusteros: con una cara por fuera y las verdades por dentro.

Porque ojos que no ven, corazón que no siente; y primero muertos, antes que mostrar debilidades turbias.

Por eso los caballeros nos trasladamos por la vida en el camino de la negación: donde hay silencios eternos y no pasa nada, donde el abismo bajo nuestros pies es únicamente un pequeño bache más por tapar.

Si nos caemos, con la frente en alto nos levantamos y seguimos la marcha, aunque no sepamos hacia dónde vamos. Y si tenemos un problema, a golpes nos arreglamos.

Hacemos las cosas sin miedo y sin lamentos; imponemos nuestro control antes de que nos controlen. Porque aprendimos a ser más fuertes, a dar las órdenes y repetirnos sin arrepentirnos, a ser quienes no se quejan, los que nunca lloran.

Porque lloran los niños, lloran las mujeres y llora el cielo…

¿Pero un hombre?

No.

Los hombres no lloramos ni aunque las heridas vuelvan a abrirse una y otra vez. Cada lágrima suprimida protege nuestros dolores más profundos y nuestros secretos más oscuros.

Hasta que llega el día en que la vida es más fuerte que el más macho y es entonces que las apariencias revientan, dejándonos completamente desnudos e indefensos ante verdades que no sabemos ni podemos enfrentar.

Cuando esas apariencias que nos encubrían ya no engañan a nadie nos damos cuenta finalmente que la famosa fortaleza no la impone quien grita más o más golpea, sino quienes saben imponerse transformando sus propias debilidades en sentimientos reales y vital empatía.

Nos damos cuenta, ahora sí, que aprendimos muy bien lo que nos enseñaron tan mal.

Acabamos con una rodilla en el suelo, débiles y expuestos; con ganas de llorar.

Si los hombres lloráramos a moco batiente y fuéramos valientes, si aceptáramos el dolor que traemos por dentro y demostráramos lo que realmente vivimos quizás nos llevaríamos la sorpresa de que finalmente aprenderíamos a ser verdaderos hombres, a ser realmente humanos.

Descubriríamos, entonces, lo que muy en el fondo siempre supimos: en ningún momento -desde que éramos esos niños- los hombres hemos dejado de sentir, que nos equivocamos, que tenemos vulnerabilidades.

Abriríamos los ojos para finalmente ver y descubrir cómo nuestra ceguera sólo nos metió en el laberinto de una sociedad que nos prohibió ser más frágiles que todas las lágrimas que contuvimos.

Nos preguntaríamos en qué momento de nuestras vidas decidimos que el llanto nos haría menos hombres. Pensaríamos en quién demonios pensó que la valentía, el coraje y la fuerza eran cualidades propias y exclusivas de los hombres…

Y encontraríamos la respuesta.

Quizás a la misma sociedad que tampoco conoce a la mujer. Ni la deja ser.

La sociedad que se rige por basuras que creen que la fuerza física es razón suficiente para someter la dignidad, el cuerpo y la inocencia del más debil, para ejercer entonces un patético espejismo de poder.

Sí.

Entonces aprenderíamos lo que realmente nos hace hombres: cualquier cosa, menos ser los más fuertes.

Y eso, para mí es el verdadero PODER.

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