Cuando la moda incomoda

por Daniel Ulibarri

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Hemos crecido en un mundo en el que la moda se consume muy rápido. Nunca solemos detenernos a pensar de dónde viene la ropa que compramos ni a dónde va cuando dejamos de utilizarla, o quién la hace y qué tipo de vida tiene dicha persona.

Pero la moda tiene un precio altísimo: el medio ambiente, millones de trabajadores maltratados y millones de niños más lo están pagando.

Eso descubrió el documentalista Andrew Morgan una mañana en la que hojeaba The New York Times. Decidió que había una historia muy compleja y escalofriante que debía explorar.

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La foto de la portada llamó su atención: dos niños de Bangladés que caminaban frente a un muro gigante cubierto de mensajes de reclamo por personas desaparecidas.

El 24 de abril del 2013,en las afueras de Daca, la capital, se derrumbó sobre los empleados una fábrica textil que alojaba y que producía prendas para una treintena de marcas occidentales.

El desplome del Rana Plaza, de nueve plantas causó la muerte a 1.134 personas y otras 2.500 salieron heridas. A muchos de los sobrevivientes les tuvieron que amputar varias extremidades; a otros, con algo más de suerte, solo les cortaron un brazo.

People rescue garment workers trapped under rubble at the Rana Plaza building after it collapsed, in Savar

Las consecuencias del derrumbe se traducen en discapacidad y en dependencia vitalicia de los empleados hacia sus familiares. Su invalidez ha desembocado, además de en daños psicológicos, en el problema de llevar un sueldo menos a casa.

Hay que recordar que el salario mínimo mensual en Bangladés es de 38 euros y que, a pesar de la subida a 102 dólares que piden los trabajadores (ruego que se acrecentó a propósito del derrumbe) no hay constancia de que el gobierno del país haya anunciado y aprobado la medida.

Desde ese momento, el cineasta empezó a preguntarse de dónde venía su ropa y a interesarse por los perjuicios sociales, económicos, ambientales y psicológicos que provoca la moda, una industria que cada año genera más de 2,5 billones de dólares en utilidades.

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La preocupación por el fenómeno conocido como ‘fast fashion‘ queda plasmada en el documental de Andrew Morgan llamado The True Cost (‘El Verdadero Costo‘), presentado a finales del año pasado en el Festival de Cannes y actualmente disponible a nivel mundial por Netflix.

En los 60, Estados Unidos producía el 95 por ciento de la ropa que consumía. Hoy, según las cifras reveladas en The True Cost, el 97 por ciento se encarga a países en desarrollo, como Bangladés, Camboya, Vietnam y Brasil.

Ninguna industria depende más de la mano de obra que la moda. Uno de cada seis trabajadores está relacionado de alguna manera con este sector, y se calcula que en el mundo hay unos 40 millones de obreros del textil, de los cuales el 85 por ciento son mujeres. Buena parte de estas personas son menores de edad, cobran 2 dólares al día, trabajan en condiciones peligrosas, son oprimidos, golpeados o hasta lisiados.

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Las prácticas ‘low cost‘ del textil también van ligadas a un mal psicológico que marca a la sociedad contemporánea: el consumismo. En las últimas dos décadas, la compra de ropa en Estados Unidos se multiplicó por seis.

Hasta hace unos años, la moda se limitaba a dos temporadas, primavera-verano y otoño-invierno, pero ahora hay muchísimas más, y es una tendencia que conduce a mucha gente a sentirse continuamente descontenta. Y esa frustración es buena para el negocio. Pero al final del día tenemos que preguntarnos si vale la pena llenar un vacío psicológico yendo de compras.

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En América Latina hemos evolucionado hacia un sistema político, social y económico en el que se privilegian los valores materialistas.

La forma de capitalismo que perseguimos es altamente competitiva y se centra en maximizar el crecimiento económico y el nivel de ganancias de las corporaciones.

Para que este sistema funcione, se necesitan ciudadanos, empresarios y funcionarios abocados al consumo y las largas jornadas de trabajo.

Como sociedad, debemos desarrollar nuevos modelos de negocio (como cooperativas o corporaciones de beneficencia) y políticas gubernamentales como, por ejemplo, implementar indicadores de progreso nacional alternativos al PIB (Producto Interno Bruto).

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En las últimas dos décadas cedimos el control global a corporaciones multinacionales, y ahora vivimos las consecuencias. Las cosas no van a cambiar porque sus accionistas se despierten un día con la idea de hacer algo diferente, sino por la presión diaria de la gente.

Este documental es un proyecto revelador y desgarrador, una experiencia que ha mostrado que cada uno de nosotros, con sus decisiones, demuestra el tipo de mundo que quiere.

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En The True Cost aparecen la diseñadora Stella McCartney, la activista camboyana Mu Sochua; el psicólogo Tim Kasser, autor de El alto precio del materialismo o John Hilary, activista y líder del movimiento War on Want que lucha por la justicia global en causas sociales. La participación de McCartney en el vídeo es significativa puesto que defiende que la producción de productos de lujo no está reñida con la sostenibilidad de los mismos.

La hija de Paul McCartney es, junto con la también creadora inglesa Vivienne Westwood, una de las personalidades de la industria de la moda más activas en la lucha por la producción sostenible de textil y calzado.

En cada momento hay un problema señalado y, frente a ellos, según apunta el director, ninguna transnacional aceptó una entrevista para el documental. Ante esta situación, la obra de Morgan parece apuntar dos soluciones, pues dedica una considerable cantidad de tiempo a mostrar el proyecto de Safia Minney, fundadora y CEO de People Tree, que busca producir ropa de manera responsable, no pasando por alto el medio ambiente ni las condiciones de trabajo de las personas.

Por otro lado, hacia el final del documental, cobra relevancia una vez más la famosa palabra: capitalismo. Se habla de una critica al mismo, pero es aquí a mi entender cuando se revela el tamaño del problema, cuando para comprenderlo se debe recurrir a un concepto con tanta carga teórica e historia.

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Por ello,  desde el comienzo, la intención de Andrew Morgan es más humilde, pero no por ello menos importante: cambiar la forma en que pensamos y nos relacionamos con la ropa que compramos y vestimos.

El documental The True Cost sienta las bases de un debate ineludible,  que el sistema de moda en América Latina también se está debiendo.

Los consumidores no contamos con información clara, como certificaciones o etiquetados precisos que nos ayuden a tomar mejores decisiones. La necesidad de transparentar prácticas será más urgente a medida que crezca la demanda de información por parte del consumidor.

THE TRUE COST ESTÁ EN EXHIBICIÓN MUNDIAL POR NETFLIX

https://twitter.com/truecostmovie

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