La hoguera de Fabricio

por Daniel Ulibarri

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Su invocación de Dios no es la de un religioso con ánimo de convencer o salvar, sino la de un vendedor de chucherías que pretende seducir y manipular.

Su historia de súbita y profunda conversión de católico a evangélico despierta serias dudas sobre su estabilidad psicológica y espiritual.

Su insistencia en las convenciones de una “moral” excluyente, que margina como apestados a cientos de miles de costarricenses que no levantan su misma pandereta, demuestra un perfil de intransigencia.

Su fanatismo asusta; su ignorancia, casi tanto.

Su falta de ideas sobre los grandes retos del país, y la ausencia de un equipo mínimo de
profesionales para buscar soluciones, nos coloca ante un vacío.

Este es, en apretada síntesis, Fabricio Alvarado, el candidato del partido Restauración Nacional.

Sonaría a chiste de mal gusto si se hubiera mantenido cercano al margen de error de las encuestas.

Pero al haber subido a golpe de la intolerancia, el dogmatismo y la volatilidad de muchos electores, lo que despierta es alarma.

Si Juan Diego Castro, su gran rival en la catástrofe, es un Rambo dispuesto a arrasar con metralla, Fabricio Alvarado es un Torquemada sin sotana, listo encender hogueras de inquisición para quemar infieles.

Decepciona que ambos hayan captado, al menos en el decir, el apoyo de tantos electores.

Pero sobre todo asusta, porque de la intención podrían pasar a la acción y darles muchos
votos. ¡Qué susto!

La buena noticia es que podemos evitarlo, con algo tan simple como votar por otros candidatos.

Espero que, en los pocos días que quedan de aquí al domingo, su espumarajo baje o, al menos, no suba, que los candidatos más sensatos y realistas se alimenten de los indecisos que aún quedan, que Rambo y Torquemada dejen de ser riesgos presentes y se conviertan en malas memorias.

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