Costa Rica, ¿pura vida?

por Daniel Ulibarri

¿Existe el riesgo de una sharía occidental?

Cuando miramos con preocupación y rechazo el yugo al que los fundamentalistas islámicos someten a pueblos enteros, no podemos evitar mirar con igual preocupación el lento y progresivo avance de movimientos religiosos y, conservadores, que van ocupando espacios en nuestros países siendo igualmente intransigentes y sectarios.

Son grupos que están dispuestos a dar la batalla, sin exclusiones de golpes, al fin de imponer sus ideas y creencias en toda la sociedad.

Astutos cabecillas tocan las fibras más sensibles de sus secuaces transformándolos en verdaderas máquinas de guerra a la hora de una elección a sabiendas que hay candidatos dispuestos a vender su alma por un voto.

Entre los grupos más integralistas y sedientos de poder están los evangélicos. Ellos representan una fuerza creciente en muchos países de América Latina y también en Estados Unidos.

Con la determinación del fanatismo luchan contra conquistas sociales tan importantes como el aborto, el divorcio, el matrimonio entre personas de un mismo sexo y en general los derechos de la comunidad LGBTIQ.

Los resultados de la primera ronda de elecciones presidenciales en Costa Rica representan un ejemplo muy significativo del peligro que encierran estos predicadores cuando por un lado amenazan con las llamas del infierno y por el otro trabajan para obtener el paraíso terrenal del poder.

Costa Rica, país con una de las más estables democracias de la región y una importante trayectoria en lo que se refiere a respeto hacia los derechos humanos, la libertad de prensa, y valores como la paz y la inclusión, corre el riesgo de caer en las redes de un populismo impregnado de fanatismo religioso e intolerancia.

La contienda comenzó con 13 candidatos y pocas propuestas para enfrentar con seriedad los problemas más graves del país: déficit fiscal, la pobreza, la inseguridad, el desempleo, la corrupción entre otros.

El reciente escándalo denominado el “cementazo” que destapó una supuesta trama de conexiones políticas alrededor de un negocio de importación de cemento chino, logró que el gusano de la antipolítica se insertara en la radicada estabilidad democrática e institucional de Costa Rica. Clima que se puso al rojo vivo cuando, a raíz de una consulta del gobierno de Luis Guillermo Solís, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) consideró que Costa Rica debe garantizar a las parejas del mismo sexo todos los derechos sin discriminación, incluido el derecho al matrimonio.

El predicador evangélico Fabricio Alvarado, de Restauración Nacional (RC) contando con el apoyo de los católicos y de otros grupos conservadores, no perdió la apetitosa oportunidad de dejar de lado los problemas del país, y transformar la campaña electoral en una guerra santa contra la comunidad LGBTIQ y la ideología de género.

Con la astucia política típica de los populistas, gritó al pecado, se presentó como el mesías dispuesto a defender los valores tradicionales y la familia. Su popularidad fue in crescendo.

Al final resultó el candidato que obtuvo el mayor número de votos, un 24,7 por ciento contra el 21,7 de Carlos Alvarado, del Partido Acción Ciudadana.

Los dos Alvarado quienes comparten un mismo apellido sin tener parentesco alguno y son radicalmente diferentes en sus posiciones políticas y sociales, deberán enfrentarse nuevamente el próximo 1 de abril, que por ironía de la vida, es día de Resurrección.

27858151_10155441408145679_8343517660445611876_nFotografía: Geanina Sáenz

No sabemos si será la resurrección de una sociedad oscurantista o de otra dispuesta a superar los muros de la intolerancia.

Es un momento crucial en la historia de la república de Costa Rica.

Basta ver el ejemplo de otras democracias que parecían invulnerables y que, por un error electoral, han quedado destruidas, estrujadas dentro de los engranajes del populismo, para entender cuán delicado sea este pasaje para los costarricenses.

Y no solamente para nosotros. La llegada al poder de un predicador que pasó de interpretar canciones religiosas a los comicios electorales, marcaría un hito importante en toda la región y daría oxígeno a los diferentes movimientos sexistas y sectarios que ya están en crecimiento en muchos otros países.

La determinación con la cual estos grupos luchan contra todas las conquistas sociales, los movimientos feministas y los derechos de la comunidad LGBTIQ, representa un peligro que hay que tomar muy en serio.

Los fanatismos religiosos, así como los ideológicos, sueñan con pueblos borregos, incapaces de formular pensamientos críticos.

Para lograrlo apelan a los sentimientos primarios, a los miedos, a las rabias, llegan hondo y se instalan como un cáncer que se radica y crea metástasis destructivas.

El 1 de abril tocará a los costarricenses definir la senda por la cual quieren transitar.

Sin embargo a todos nos toca reflexionar y decidir hacia donde queremos dirigirnos.

Si dejamos que nos arrebaten los logros sociales para los cuales tanto se ha luchado en el siglo pasado, correremos el riesgo de anular esa Declaración Universal de los Derechos Humanos que, en 1948, representó un gran avance para la sociedad entera y que reconoció a todo ser humano un mismo respeto.

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