Prostitución: vida ‘alegre’, vida ‘triste’

por Daniel Ulibarri

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Para iniciar esta conversación vale la pena decir que durante la historia de la humanidad y en casi todas las culturas se ha ejercido la prostitución, o ha habido “mujeres de la vida alegre” o “de la vida triste” (según se le mire), o las compañeras incondicionales prestas a los deseos más sublimes y a los más perversos, pero que siempre procuran un placer humano necesario al cuerpo para que el “alma” ande más sueltica.

Tan llevada y traída, manoseada y vituperada profesión…

Ahora bien: el consumo sexual contemporáneo en muchas partes del mundo sigue en la discusión de si debe ser reglamentado, puesto que involucra algunas prácticas delictivas que se asocian al mercado sexual.

Clarísimos ejemplos en Costa Rica: la trata de blancas, la prostitución infantil, en muchos casos bajo presiones, como usar las necesidades de niñas y niños en condiciones económicas difíciles, o la mezcla de la droga para soliviantar el ejercicio mercantil del cuerpo y acrecentar las arcas de las redes de droga-prostitución-mercado de personas.

Esto frente a la necesidad de crear unas normas que regulen dichas prácticas teniendo en cuenta que se argumenta por parte de los clientes (consumidores sexuales) un derecho al placer, a la diversión sexual.

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Sea justificado o no, que el ejercicio “baja el estrés”, aumenta la productividad, libera el cuerpo y despeja la mente, son algunas premisas utilizadas entre las personas adultas, quienes a conciencia, en alguna vez o en varias, han recurrido como clientes (hombres-mujeres) o como prestadores de “servicios sexuales” los otros (hombres-mujeres).

Aunque los proxenetas no sepan nada de estas historias, sí saben que es un ejercicio que nunca dejará de existir mientras hayan seres humanos pisando esta tierra.

Saben también que, en el fondo, las sociedades mantienen el matiz de hipocresía o permisibilidad frente al tema, pues termina siendo un catalizador que evita, o por lo menos baja, las tensiones y el temor a que explotemos todos frente a las problemáticas políticas, sociales, humanas.

Y viene la pregunta: ¿amor o placer?

Un trillado argumento social es la creencia que con la compañera(o) estable se está por amor y con la otra (que puede entenderse como la amante) o en otros casos la dama de compañía o simplemente la putica solidaria se está por mero placer.

Resulta ser un asunto un tanto moralista, aquello del amor de pareja es lo bueno, y los otros malos.

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Nada más fuera del contexto si se tiene en cuenta que para los seres humanos las pasiones, los instintos y la conciencia de sí (entendida tanto del cuerpo, como de la mente) son propias de nuestra especie y conforman un sentido del vivir, el vivir como fuente de experiencias que van formando al individuo.

¿Cómo puede asegurar alguien que tener trato sexual pagado con una prostituta no involucre sentimientos amorosos, afectos, llámese distintos, pero afectos, confidencias que muchas veces ni se le han hecho a la pareja permanente?

El lado oscuro de la práctica más antigua de la humanidad no es tanto el pagar por el servicio, sino la manera perversa en que se está moviendo este negocio.

Y aunque en todos los tiempos ha sido objeto de críticas, prohibiciones desde los púlpitos; aunque se ubiquen los burdeles en las afueras, alejados de las “gentes de bien”, seguirán los deseos de liberarse entre los brazos dispuestos de los “servidores sexuales”, de las mujeres (hombres) de la vida alegre o triste.

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