Un mesías tiránico y absorbente

por Daniel Ulibarri

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Siempre me ha parecido un poco absurdo el fanatismo desmedido que puede llegar a expresar la gente por los políticos, sobre todo por los presidentes.

La visión de católicos sobre temas como la educación, la riqueza, la ciencia, la mentira, el robo, el trabajo y la libertad difiere mucho del protestantismo.

Por ejemplo, mientras que para los católicos ser rico es malo, para los protestantes no hay ningún problema en ello siempre y cuando no conlleve a obsesionarse con el dinero.

En los países católicos la tendencia es a ver en los presidentes una especie de salvador y solucionador de todos los problemas, incluyendo sus problemas personales que no tienen que ver siquiera con la vida ciudadana.

Ven en un presidente la reencarnación misma de un mesías, como si del mismo Jesús se tratara.

Sin embargo, más allá de ser un tema de la gente que ve a los presidentes de esa forma, es un tema de proyección.

En Costa Rica ya es bastante común ver a Fabricio Alvarado ejemplificando las escenas más dramáticas de la Biblia y abrazando a personas enfermas (siempre y cuando no sean homosexuales), dándoles comida a aquellos que no tienen (al menos de que sean trans), enaltecido entre una multitud de gente intolerante que lo aclama cual Jesús de Nazaret.

Esto forma parte de su campaña y la imagen que quiere proyectar.

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Es inevitable para el ciudadano manipulable no establecer un lazo entre lo que a muchos les hace sentir la fe religiosa y el sentimiento que impregna estar en una situación de la vida misma en donde un político persuade con ideales a la carta, palabras de odio y promesas de salvación.

Y es justamente en este momento donde la línea que divide al político y a una deidad religiosa se desvanece.

El político pasa a ser un Jesús y el pueblo sus súbditos que lo adoran y son capaces de hacer lo que sea por la voluntad de su líder.

Uno de los casos más contemporáneos del culto a la personalidad idílica es Hugo Chávez.

Él mismo se proyectó como un semidiós capaz de salvar no solo a Venezuela sino a todo el pueblo latinoamericano.

Lo más lamentable de todo es como fue capaz de llevar una de las naciones más ricas de Latinoamérica gracias a la bonanza petrolera, a ser una nación pobre, desvalorizada y devaluada.

Si viéramos a un presidente como a un servidor público, con la cuota de poder que conlleva ser gobernante de un país, pero que finalmente debe estar dedicado a su función de gerenciar y guiar un país, siendo un ser humano más, nos iría mejor políticamente hablando.

Sin duda la fe es y será parte de nuestras vidas…

Sin embargo hay que poner barreras cuando se vuelve algo desmedido por el fanatismo que puede afectar nuestra calidad de vida y la de nuestras futuras generaciones.

Es tan fácil como pregúntase:

¿Su político de preferencia es el salvador de la crisis o a lo sumo un funcionario público más?

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