Donald Trump: el veneno autoritario

por Daniel Ulibarri

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Detrás de la gran nube de polvo que levanta cada nueva decisión del Presidente Trump, en su compulsiva forma de gobernar, mientras escuchamos el río de palabras de quien las comenta con el asombro que ya no abandona gestos ni miradas, vamos divisando, a cada momento con mayor claridad, la habilidad política y la determinación con la cual el Jefe de Estado persigue sus objetivos.

Duele a los norteamericanos verse retratados en los autoritarismos de América Latina, en sus líderes, demasiadas veces justificados como expresión de la pobreza, las injusticias, la falta de cultura y de educación de sus poblaciones.

Sin embargo sería muy útil, hoy, estudiar nuestra historia para entender mejor una realidad que desconcierta y que encierra peligros mucho más graves de lo que se puede suponer.

Trump está pagando todas sus deudas.

La forma misma de gobernar, a gritos, con prepotencia, irreverencia y determinación, es una respuesta a la demanda de un electorado, asustado, lleno de rabias, de envidias, que está ansioso de sentirse resguardado por el puño fuerte de alguien que “sabe usar el bastón de mando”.

Pero sobre todo está pagando las deudas a los poderes fuertes, esos que manejan recursos y votos: las grandes lobbies, Wall Street, los sectores católicos más reaccionarios, los evangelistas y, en general, el área más conservadora de los republicanos que mal acepta conquistas sociales como el aborto y el matrimonio gay.

Quiere desde ahora fortalecer una base electoral fiel y sobre todo consciente que la verdadera guerra se gana en las urnas y por lo tanto sale en masa a votar.

Los autócratas no dejan nunca de hacer campaña ni de tener el ojo puesto hacia los sectores que consideran “seguros”.

A nivel de política internacional, también tiene bien claro el nuevo orden global que quiere construir.

Trump desea debilitar y posiblemente destruir la Unión Europea y todos los organismos internacionales que nacieron después de la Segunda Guerra Mundial; quiere fortalecer la alianza con la Rusia de Putin e implementar una política exterior marcada por la violencia del más fuerte, creando un clima de nueva guerra fría que favorecería la venta de armas, ampliaría la base del miedo y mantendría a las poblaciones en vilo y por lo tanto siempre más propensas a escoger a líderes fuertes.

Trump llegó a la Casa Blanca con los decretos listos y los colaboradores justos para ejecutarlos. No ha dejado ni deja nada al caso, por más que sea compulsivo y aparentemente irreflexivo en sus twits. Por eso mismo no hay que bajar la guardia. Nunca.

La indiferencia con la cual observa las grandes manifestaciones de calle, las protestas de las universidades, de los intelectuales, de las empresas tecnológicas, de los mismos diplomáticos y funcionarios gubernamentales, es el claro síntoma de una seguridad que le deriva de un peligro real: el cansancio de la oposición.

El veneno del cansancio se instala por gotas en las venas de una sociedad y la mata poco a poco. Cuando la indignación deja de ser un motor colectivo y se consume dentro de las paredes de los hogares, la batalla está perdida.

Bien lo sabe el neo Presidente de los Estados Unidos, así como lo supieron y lo saben muchos Presidentes de América Latina.

Esa es la razón por la cual todos ellos siguen adelante sin preocuparse por las reacciones que causan entre los sectores de la población que nunca los apoyó ni los apoyaría.

El problema es que el daño que puede hacer un Jefe de Estado latinoamericano queda circunscrito a su país, quizás tenga repercusiones en algunos países cercanos pero no posee el poder de cambiar la estructura del mundo occidental.

Trump sí puede.

El peligro ahora es mucho más grave. Aquí están en juego los valores democráticos que, después de los dos grandes conflictos mundiales, y, sobre todo, después de la guerra fría, creímos indestructibles.

La realidad nos demuestra no solamente que son menos fuertes de lo que suponíamos, sino que podrían ser destruidos por la nación que hasta ayer los simbolizó: Estados Unidos.

El nuevo inquilino de la Casa Blanca no es una caricatura. Se equivoca quien sigue pensando en él como si fuera un fenómeno de circo. Es más bien, lo que podríamos definir el político nuevo, el que encarna la superación de un orden mundial que surgió tras el fin de los totalitarismos de derecha y de izquierda.

No es momento para humorismos ni minimizaciones, es importante tomar plena conciencia de una realidad y en consecuencia organizarse y reaccionar.

Todas las manifestaciones de protesta, desde los cortejos hasta la recopilación de firmas para lograr determinados objetivos, son importantes; pero, más importante aún será, internamente, impulsar la renovación y fortalecimiento de las fuerzas políticas en los partidos que respetan los principios democráticos, de manera tal que puedan transformar un malestar de calle en políticas sustentables en el tiempo.

A nivel internacional la agresividad de Trump podría ser un motor destructor; pero, también podría transformarse en el propulsor de una reconstitución de una Unión Europea más fuerte, inspirada en los valores que llevaron a su creación.

De la misma forma, el triunfo de la antipolítica en Estados Unidos, si por un lado podría ocasionar un efecto dominó y llevar los partidos y movimientos más reaccionarios al poder, en distintos países occidentales, del otro podría tener el efecto opuesto.

Las sociedades podrían verse reflejadas en el espejo estadounidense y entender las consecuencias de una actitud vanamente crítica que lleva al voto castigo o al no voto.

Nosotros los latinoamericanos somos muy vulnerables a las embestidas de una política norteamericana proteccionista y agresiva. Nuestra ventaja es que conocemos a Trump mucho más de lo que él nos conoce a nosotros.

Sabemos lo que significa convivir con el populismo y la autocracia, él se guía por clichés obsoletos a la hora de juzgarnos. Prueba de ello es la continua descalificación que hace de nuestra gente, de todos nosotros, ignaro de nuestras capacidades, nuestra cultura, nuestro talento y nuestra capacidad de resiliencia.

En síntesis las consecuencias de la política interna e internacional del neo presidente norteamericano dependen de nuestras acciones; acciones que, estemos donde estemos, cada uno debe llevar adelante, para defender los derechos civiles, humanos, del ambiente, de los inmigrantes.

Depende de la capacidad que tendremos de combatir el veneno del cansancio, y de evitar ese ligero acostumbrarse a lo peor. En momentos como este, momentos pliegue para toda la humanidad, no hay espacio para egoísmos e indiferencia.

Nadie está exento de responsabilidad.

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