Vicente García, folclore a la mar

por Daniel Ulibarri

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Es fácil equivocarse con Vicente García.

Es fácil quedarse en la primera imagen proyectada por un tipo bonito que canta bonito, como tantos que nos agobian con sus predecibles cursilerías. Pero no.

García es un artista capaz de hacer que las opiniones cambien y eso fue exactamente lo que causó sensación en la última edición de los Grammy Latino, de donde salió con tres premios en el bolsillo: mejor artista nuevo, mejor álbum de cantautor por su segundo álbum, “A La Mar“, y mejor canción tropical por “Bachata en Kingston“.

El músico señala en exclusiva a Las Malas Palabras que su triunfo en los Grammy Latino le sirvió para “afianzar” su apuesta creativa y para que su proyecto gane fuerza y libertad:

Lo que uno piensa, lo que uno entiende y los futuros proyectos se ven más alcanzables“.

Desde muy pequeño Vicente se interesó por la música, pero no se concentró particularmente en un instrumento, sino que experimentaba con una grabadora.

Su padre era veterinario, y por ese lado de la familia había algunos músicos de formación clásica.

Su madre —que había estudiado artes plásticas— tenía una mercería, y allí el muchachito grababa los sonidos y conversaciones para luego reproducir eso a distintas velocidades, divirtiéndose con los extraños resultados, desenredando el hilo del talento que luego se haría evidente.

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Al ir creciendo, Vicente se metió a fondo en el skate, y eso lo acercó a todo el rollo de gente como Tool, Rage Against The Machine o Deftones, además del punk y la parafernalia implícita en esa cultura.

También empezó a organizar bandas hasta que finalmente, de la mano del funk y los sonidos de Stevie Wonder, nacióla banda Calor Urbano y en eso anduvo alrededor de siete años.

Estuvo con la agrupación desde la etapa final del colegio hasta que terminó la universidad, donde estudió ingeniería electrónica (más para tranquilizar a sus padres que por verdadera pasión).

Con Calor Urbano la música se convirtió en una posibilidad concreta:

Ahí Juan Luis Guerra empezó a oír nuestro trabajo, nos fuimos de gira con él… Empecé a ver que había una salida a través de la música”.

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Al terminar la carrera universitaria, la banda ya le dejaba un dinero y al final (y hasta hoy) pudo darse el lujo de no ejercer lo que había estudiado bajo la amorosa presión de su padre.

Sin embargo, el conocimiento de la electrónica le ha permitido defenderse a la hora de enfrentar cables, condensadores y circuitos de los aparatos con los que hace música.

No les tengo miedo a los manuales… puedo soldar, no me queda bonito, pero puedo hacerlo”, confiesa sonriendo.

Aparentemente el contacto con Juan Luis Guerra le abrió los ojos y lo llevó a interesarse por explorar las rutas que abría la música de su tierra. Eso se sumó a que ya empezaba a agotarse su papel como cantante de la banda.

Además, a sus compañeros no le sonaba mucho la idea de experimentar con el folclor antillano porque temían que eso los llevara a un estilo 100% tropical. De cualquier modo, las cosas con Calor Urbano acabaron por enfriarse. Hoy piensa que “al final lo entendieron desde lejos”.

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Tras dejar a banda firmó con Capitol (EMI) y grabó Melodrama (2010), su primer disco como solista, que tenía en cuenta esa música tropical antigua que había empezado a interesarle, sumada a influencias más contemporáneas y a la experiencia que había alcanzado en esos años.

El resultado fue un álbum sólido y refinado, aunque descaradamente pop y por momentos inocente. Este trabajo le trajo un montón de notoriedad con canciones como Mi balcón (que grabó junto a la banda puertorriqueña de reggae Cultura Profética) y ¿Cómo has logrado?

Una vez cerrado el ciclo de esa primera producción, García quiso acercarse a los sonidos desde la raíz. Ya había oído un montón de esa música y ahora quería vivirla, verla y sentirla en el terreno.

De esa forma empezó a cocinarse un nuevo proyecto con un enfoque que la gente de la disquera no supo —o no quiso— entender.

La venta de EMI a Universal le permitió liberarse de su contrato y se metió de cabeza en el nuevo propósito, en esa obsesión que por un momento le hizo pensar en dejar de ser intérprete para ponerse a componer para otros.

Ahí fue que le di doble clic a la investigación, y me olvidé de la carrera de farándula”, asegura Vicente.

Se dedicó a estudiar el folclor y a visitar los campos para entender el origen de esas letras y esos sonidos.

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Durante algo más de año y medio investigó la música de su país, luego se fue a vivir a Colombia, pero siguió viajando a República Dominicana para continuar con lo que venía haciendo, recorriendo las áreas rurales y asistiendo a lo que se conoce como “las manifestaciones”:

La música afrodominicana está muy ligada a la religiosidad, al sincretismo católico y a la santería africana. Yo iba a fiestas de palos (fiestas de tambores), a conmemoraciones para los muertos… toda la cultura está muy ligada a la música, a la religión y a la comida, todo está unido”.

La mayoría de cosas que compuso a lo largo de esos procesos terminó haciendo parte de A la mar (2016), que grabó para Sony.

La disquera se había interesado en el trabajo de Vicente (quien ya había establecido una fuerte relación con Colombia) a partir de Te soñéuna balada de piano que no reflejaba el nuevo camino emprendido.

La verdad es que en esta canción —que se convirtió en un gran éxito— las Antillas solo se perciben cuando el acento delata su origen. En voz de otro sería muy difícil relacionarla con las raíces que García estaba desenterrando.

De hecho, Te soñé fue compuesta para que la interpretara alguien más, pero se hizo importante por culpa de un video muy sencillo en el que la toca solo con el piano.

Ellos [Sony] estaban interesados en hablar conmigo, pero con la visión de esa canción, y yo ya tenía todo otro lenguaje para lo que quería”, las diferencias entre las expectativas más convencionales del sello disquero y los intereses de Vicente alcanzaron a empantanar el proceso.

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Gracias a la relación que tenía en esa época con Catalina García (cantante de Monsieur Periné), Vicente García conoció a Eduardo Cabra, Visitante de Calle 13, que estaba haciendo el álbum Caja de música con la banda bogotana.

A partir de ahí empezó a pensar que ese trabajo podía convertirse en un nuevo disco, e inicialmente la gente de la industria no entendió lo que estaba naciendo.

Las claves de A la mar no estaban en lo que las disqueras saben manejar en sus esquemas convencionales; esto no se podía meter así como así en los cajones del pop o la música tropical, porque era eso y un montón de cosas más.

Acá había una verdadera investigación, una cosa casi antropológica y obsesiva por un país que lleva décadas entregándonos su música, aunque no lo tengamos muy presente.

García tuvo la oportunidad de ir a Miami y reunirse con Afo Verde (cabeza de Sony Music Iberoamérica).

Allá fue que dijeron que sí habían entendido el disco, que por favor firmara acá… entré de una manera rara, pero van bien, y van entendiendo —sobre la marcha— de qué se trata el disco”, dice.

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Lo que pasa es que A la mar es un disco inusual, como el mismo García.

Él es como un costeño melancólico”, declara Ximena Vargas, amiga y label mánager del músico.

Es un artista de verdad”, asegura, haciendo énfasis en que no se trata de una figurita pop prefabricada, sino de un personaje que se ha sumergido en las profundidades de la música antillana para salir de vez en cuando a sorprendernos y ayudarnos a ver un mundo nuevo que tiene una tradición cultural impresionante.

Esa tradición es evidente en el arte del disco, que emplea ilustraciones del cuentista y dibujante Nadal Walcot, nacido en San Pedro de Macorís.

Walcot lleva la sangre de los cocolos, descendientes de esclavos africanos llevados a las Antillas para trabajar en los ingenios azucareros de finales del siglo XIX.

Esa historia se celebra en el sonido, en las gráficas y en las letras del disco, que llegó a manos de la prensa acompañado por un glosario en el que se explica una cantidad de términos propios de la República Dominicana, expresiones que Vicente empleó a la hora de hacer este retrato de su país.

Punta Cana está chévere, pero el país es mucho más que eso”, asegura.

Haciendo su álbum encontró una cantidad de información que le llevó a ver su tierra de otra forma, a cuestionarse muchas cosas y a acercarse de verdad a cosas que siempre habían estado cerca.

Cualquier parecido con nuestra realidad no es pura coincidencia, y nadie puede decirlo tan claro como él mismo:

En Santo Domingo vivimos de espaldas a nuestro origen y a nuestra cultura. Ahora tuve acceso a muchas cosas que la mayoría de gente no tiene idea… Para mí lo más impactante fue ver cómo cohabita una cultura muy pura y otra totalmente globalizada. Viven en un mismo lugar y son totalmente distantes, para mí eso fue lo más impresionante. La sorpresa más positiva fue ver que en mi país había tanta riqueza”.

Esos tesoros encontrados iban más allá de la exploración cultural, y se evidenciaron en los seres humanos que encontró al visitar un montón de lugares que seguramente tienen mucho en común con nuestras costas.

Hay muchas personas que uno ve en la ciudad sometidas al racismo, a las diferencias sociales y económicas… pero ver a esa gente en sus fiestas, apropiada de su cultura, eso es otro cuento… saber que no es como la ves en la calle vendiendo periódicos o limpiando vidrios. También tienen fantasías, sueños, virtudes… está el que baila mejor o el que tiene más credibilidad como tamborero. Eso fue lo más bonito, encontrar esas cosas que en la ciudad uno no ve”.

Ese abismo, que encontramos también en cualquier ciudad colombiana, parece reducirse un poco cuando los artistas se esfuerzan por acercar dos mundos tan diferentes.

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Vuelvo siempre a Simón Díaz, a Paul Simon, a los cantos afrocubanos, a Juan Luis Guerra… Ellos han alimentado mucho mi estética a la hora de componer”, dice mientras recuerda el inmortal Graceland, y muestra los vinilos de Still Crazy After All These Years y One Tricky Pony, de Simon. “Aunque no los tengo dentro de mi lista, siempre recurro a algunos músicos que le gustaban mucho a mi papá, como Peter Gabriel, The Police, Sting o Steely Dan”.

No es ninguna sorpresa que Graceland esté muy arriba entre sus preferencias. En ese álbum Paul Simon se metió a experimentar trabajando con músicos surafricanos para hacer un disco fundamental en el panorama de la música pop, grabado en medio de polémicas, boicots y crisis humanitarias.

Eso nos lleva a pensar (guardando las debidas proporciones) en unos cuantos personajes que han acusado a García como “traidor a la patria y defensor de los haitianos” por su canción Zafra negraun tema que “critica —desde un punto de vista muy humano, no político— un plan de regularización migratoria que consiste en repatriar a los indocumentados, eso hasta ahí no tiene nada raro, pero es una ley retroactiva que afecta a los hijos de haitianos indocumentados que nacieron en República Dominicana.

Ellos pueden ser repatriados a Haití, donde no conocen nada y no tienen ningún arraigo”.

A raíz de eso, algunos dominicanos radicales alzaron la voz por este tema, escrito junto a su compatriota Rita Indiana.

Para que la mezcla de todos esos ritmos, sonidos y colores que encontró para A la mar nos muestre un mundo más amplio, para que entendamos que es posible hacer bachata sin querer convertirse en Romeo Santos.

No parece muy preocupado por convencerme de nada, pero puedo sentir que dentro de poco Vicente García sorprenderá una vez más.

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Gracias totales a Mauricio Villalobos por su eterna paciencia e inmensa humildad y amabilidad. Vicente García es un artista de Sony Music Latin y Sony Music Centroamerica

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