Guía para huir de los fanáticos religiosos

por Daniel Ulibarri

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El fanatismo religioso es un grave, triste y fastidioso problema.

Igual de tóxicos y peligrosos son sus seguidores incondicionales, capaces de ir a guerra por razones de credo y, lo que es más común, se amparan en discursos de odio.

Como si fueran soldados en campo de batalla, los sujetos más radicales y más extremistas en sus ideas concebidas NO están nada bien de la cabeza.

Es un fenómeno complicado, aburrido y tedioso, así que me enfocaré solamente en cómo huir de esta plaga.

¿Lo primero?

Hay que comenzar con verlos venir a kilómetros de distancia, es decir: es necesario reconocer a estos sujetos nefastos.

Comencemos con las fanáticas religiosas. Si se las encuentra, no caiga en tentaciones.

Visten faldas cuyo largo llega hasta la mitad de la canilla (mostrando carnita, pero no tanto, pues es pecado).

En los pies, calzan tacones tres cuartos o sandalias planas y en el tronco llevan una blusa con bombachas en los hombros.

Si una de éstas se le acerca, mirándole a los ojos y con una sonrisita, no se haga la idea de que usted está bueno. Usted solo está a punto de ser la próxima víctima.

En cuanto a los fanáticos religiosos, la cosa cambia.

Estos siempre van vestidos de blanco impecable, cual jóvenes Hitlers, pero con un traje viejo y curtido (y cuando está limpio, parecen haberlo metido a la lavadora). La corbata es de una combinación de colores de pésimo gusto, como marrón con terracota.

En cuanto a las mangas de este saco, siempre encontrará un parche en uno de los codos y además no notará ninguna camisa sobresaliendo por los puños.

Eso es porque fanático religioso que se respeta, viste camisa de botones manga corta.

En cuanto a sus mocasines, estos están sin pulir y gastados como si los hubiese usado para correr un 10K.

Además, dichos personajes llevan de accesorio un portafolio viejo de cuero y un paragua y una Biblia bajo del sobaco (dándole al sagrado texto el olor de la época en que fue escrito).

Otros fanáticos más evidentes son los predicadores de calle. Cuando vi uno por primera vez, pensé: “¿Por qué este señor me regaña? ¿Qué le hice? ¿Y por qué me grita si estoy frente a él? ¿Estará bien? ¿Llamo a una ambulancia?”.

Luego alguien me explicó que él buscaba darme la palabra de Dios.

– “¿Será este Dios como un Hitler Pachamamoso?”.

Evolution-des-wissens

Lo otro característico de los predicadores es su energía al hablar. Cuando predican se ponen rojos y sudan.

La cantidad de calorías quemadas en cada prédica debe ser suficiente como para ir a un gimnasio y fundar “La Predicaterapia”.

Es más, emanan tanta energía, que si en plena prédica les pegamos cables en las tetillas, podríamos recoger suficientes kilovatios como para dos municipios.

Como ahora ya sabemos identificarlos, veamos cómo huir de estos excéntricos y peligrosos fanáticos religiosos.

Empecemos con lo más importante:

¡NUNCA haga contacto visual con ellos! Son como los vendedores ambulantes.

Si los ves a los ojos, te fregaste.

Hurtarán cinco minutos de tu vida (si bien uno de los diez mandamientos es “no hurtarás”).

Pero eso aplica solo a los fanáticos religiosos novatos.

Los realmente expertos son totalmente otro nivel de acoso e impertinencias…

¿Su secreto?

Te acorralan en sitios de donde no podés escapar.

Ejemplo de ello son los “toca timbres” dominicales.

Vos y la familia se encuentran en pleno desayuno, cuando de golpe todos se lanzan al piso, como si hubiese un tiroteo.

Exaltad@, preguntarás qué putas pasa.

Ellos te susurrarán:

¡Acostáte y calláte, que están en la puerta y nos pueden ver!. Nos salvamos por pura chiripa.

Los otros fanáticos religiosos expertos son los taxistas que llevan música religiosa en el carro, o a un predicador maniaco a todo volumen.

Uno se monta y pareciera escuchar Franco de Vita, o a un comediante flojo (cuando se trata de un predicador que mete miedo)… pero cuando el carro arranca, uno detalla que en realidad se menciona a Dios quince o treinta veces por minuto.

¡Ya no hay escape!, pensarás… Afortunadamente, ¡te equivocás, SATANÁS!:

Ante esa situación tan grosera, finjí un sueño profundamente grosero. Cual estar en coma. Con todo y babas,

Si no te llama ese teatro mudo, podés iniciarte en las artes del monólogo y soliloquio al fingir una llamada por celular diciendo EXACTAMENTE lo siguiente:

Ajá… ¿entonces cuál número me juego?…

¿El 666?… ok…

¿Y a cuál caballo le meto?…

¿Al Damián?… ¡Fuego!…

Ese caballo es un demonio… No… aquí está haciendo un infierno de calor…

Sí, por favor… que me prepare arepa con Diablitos… Chao”.

El chofer no te volverá a hablar. Polvo al polvo y cenizas a las misas.

De todo este merequetengue, si les puedo asegurar y garantizar una cosa algo: los métodos aquí expuestos tienen un 99% de efectividad. Yo mismo los he utilizado con éxito en diversas situaciones.

El 1% restante es para gente que cayó seducida por algún fanático panderetoso y ahora utiliza jerga bíblica todo el tiempo.

Ojalá haya podido ayudarles. Alabado sea el Señor. Que Jesús nos cubra con su manto sagrado misericordioso.

Amén. 🙏🏻🙏🏻🙏🏻

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