El corazón es quien escribe al amor

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Call me by your name (2017) es una película cuyo guión es una adaptación del libro homónimo. Narra la historia del romance surgido entre Oliver y Elio durante el verano que comparten en 1983.

Dirigida por Luca Guadagnino (quien también se encargará de traernos el remake de Suspiria de Dario Argento dentro de poco) y basada en el libro de André Aciman del mimo nombre, el filme narra la historia de un romance veraniego entre Elio (Timothée Chalamet), un joven de 17 años de edad e hijo de un profesor universitario, y Oliver (Armie Hammer), un estudiante de post grado de 24 años, quien visita la casa de Elio durante un verano de 1983.

Oliver, quien le lleva al menos 15 años de diferencia al joven Elio, le pide que lo llame por su propio nombre.

Estaría casi seguro que es uno de los momentos de la película que puede generar más polémica porque insinúa a un hombre maduro teniendo relaciones sexuales con un adolescente, pero para mí no es el más memorable.

En mi opinión, el momento más precioso es la conversación entre Elio y su papá, donde ambos se sinceran con el otro.

Si bien es cierto que el grado de tolerancia del padre es sorpresiva para un señor mayor a inicios de los años 80, no es gratuita: la sangre es más potente que el prejuicio y el hijo de puta que lo inventó.

La imagen de los dos mostrándose vulnerables, sobre todo cuando el papá le cuenta a Elio que él también tuvo un romance secreto con un amigo, en su adolescencia.

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No todos estamos enamorados toda la vida, pero definitivamente haber tenido alguna vez el corazón roto es una prueba de que hemos vivido.

Hay heridas que llevamos muy en secreto, tanto que a veces ni siquiera quien las hizo sabe de su existencia. Otras son mucho más públicas y están a la vista para que los curiosos puedan darles un vistazo.

Pienso que para los que escribimos, bien sea por hobby o por oficio, la cosa es diferente. Casi no tenemos opción. Enamorarnos es un peligroso acto de rebeldía porque solemos negarnos a dejar esos amores guardados. y, ¿por qué hacerlo?

Manchemos el papel con la sangre de las heridas que llevamos, en un verso, un personaje o una frase, a veces tan crípticamente que ni siquiera somos conscientes de haberlo hecho. Puede que sea un texto que no lea otra persona más que nosotros mismos, pero ya hemos dejado un rastro… uno de afecto, no de asco.

Late la libertad, no la oprime el falso profeta ni el veneno de sus lenguas.

Creo que ser alguien que escribe y ama, o es amado por una persona así, es muy peligroso para la intimidad, porque es casi seguro, por no decir totalmente, que una parte de eso quede plasmado. Incluso hay la posibilidad de que nunca lo sepamos.

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Puede que alguien le haya pedido alguna vez a André Aciman, el autor del libro, que lo llamase por su nombre o algo parecido, sin sospechar que años más tarde la petición titularía un libro y luego una película; o que él haya tenido un romance secreto con alguien en su juventud, originando así el momento precioso del que yo me enamoré.

Lo importante no es saber qué o quién dio a luz la petición o la conversación con el padre, sino advertir a la comunidad de lo siguiente:

Si usted no quiere terminar retratado ni siquiera en un rincón del lado incorrecto de la civilización, la pasión, la evolución y el derecho a dar y recibir amor, vaya donde el cardiólogo, pedazo de mierda: su intolerancia le dará un infarto.

El amor está escrito. Nadie lo borra. Muchos lo critican y cuestionan. Pero al final, quien ama es quien gana: se lo prohiban o no. ¿Y Dios? Dios bendijo el amor. Lo hizo sin condición.

Cualquier otro texto es tan divino como el horto vilipendeado de la persona idiota que lo escribió. Incluido yo.

Así que usted verá… porque el único hoyo que destruye familias e instituciones es el vacío de un triste y envenenado corazón.

La historia lo ha demostrado: al reescribirse y repetirse, por aquello de que no lo haya notado.

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