Mujeres de fuego…

Hay muchas formas de resistir.

Podés empezar, por ejemplo, con un pequeño gesto: abrir un libro, coger un bolígrafo, ponerte a escribir.

Otra consistirá en plantarle cara al tipo que, desde una calle vacía y de noche, te increpe en la oscuridad o al que de mil maneras y con mil rostros distintos ha tratado de tocarte en el vagón de un tren inundado de gente o amparado por la multitud de un bar.

Alguna no aguantará más y alzará la voz en una reunión familiar donde se le cuestione por tener hijos o por no tenerlos, por salir de noche, por ir muy maquillada o por no hacerlo, por llevar el pelo corto, largo, pintado o no pintado, por andar con chicas, por andar con chicos, por beber, por no beber, por fumar.

Y serás la eterna menor de edad, la que no sabe, la que necesita consejo y guía, la ingenua o la incapaz.

O te convertirás, invariablemente, en la bala loca, la oveja negra, la señalada, la vergüenza familiar.

Habrá quien de repente, empiece a ver las cosas desde otra perspectiva, desde otra luz.

Y nunca más podrá deshacerse de esa mirada. Y verá, con ojos implacables, al jefe acosador, al ginecólogo intrusivo, al que te da lecciones en la ferretería, en el supermercado, en una conferencia, en la barra de un bar.

Y a veces, entre todos estos tipos y prototipos, será capaz de atisbar a una subespecie engañosa y no por eso menos dañina: los feministas de salón, los machistas de closet, los que dominan todas las teorías de género y las presumen pero no por eso dejan de practicar el despotismo más ilustrado e hipócrita en su vida personal.

Habrá quien tal vez un día, cansada de no ser reconocida, se niegue a preparar la cena, hacer la cama, sacar al perro, comprar el pan.

A algunas les costará un portazo, una ruptura, un divorcio, una guerra mundial.

Hay palabras, hay discursos, capaces de incendiar.

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