“El rapto”: novela de ‘santos’ pecadores

El rapto

Las personas con prestigio, esas de renombre, que por alguna cualidad la sociedad los reconoce como referentes culturales, no suelen frecuentar los espacios que circundan las masas populares.

Una característica fundamental de su celebrity style, es el halo de misterio que hay en torno a su vida que por momentos parece ser nula.

Sin embargo, esta condición sine qua non del perfil no bastaría para explicar la desaparición total de la persona; inclusive de su círculo privado y personal.

Cuando ocurre una ausencia inexplicable para los más allegados, la escena se torna policial: “Algo le tiene que haber pasado”. Primero empiezan a revisar su casa, sus pertenencias, algún rastro, registro, pista o indicio que de cuenta de qué o dónde puede estar esa persona.

Segundo, cuando las herramientas aprendidas en las historias de Arthur Conan Doyle ya no son suficientes, buscan auxilio en alguna entidad superior.

Si nadie puede dar rápidamente con su paradero, el caso de desaparición pasa inevitablemente a considerar, como artífice del hecho, a un tercero que lo ejecutó con un fin intencional.

Es aquí cuando la historia adopta el título de El Rapto.

La casa en Buenos Aires brilla como un espejo, todo está en su lugar y el aroma a productos de limpieza y desinfectantes inundaba el ambiente. Era raro que el semiólogo Roberto Hernández tuviese su morada en condiciones dignas de realeza.

A pesar que era todo un gentleman, el orden perfecto de las cosas no era condescendiente con sus hábitos. En su estudio, los papeles, libros, whisky y humo de cigarrillo pintaban el paisaje clásico de un hombre tradicionalista con la necesidad de seguir actualizado al día de las condiciones socioculturales de la época.

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Su hijo Ramiro hacía dos días que no lograba localizarlo. No le había dicho nada sobre un viaje, congreso o ausencia amorosa. Después de la requisa en la vivienda cuidadosamente ordenada, acude a la ayuda de la única mujer que su padre confiaba, su ex alumna y colega Catalina. Pero ella tampoco sabe nada.

Cuando cortaron la comunicación telefónica, se selló un pacto de búsqueda entre ambos.

Revisan la casa, la dan vuelta pero nada. El auto está en el garage. Abren la computadora y ni un sólo mail, más que los administrativos de la universidad. Pero sobre la lectora de disco de la CPU, un CD con una leyenda particular plantea un escenario de búsqueda inimaginable: “Porno Nivel 3”.

Roberto abre los ojos. Su cuerpo está cansado. Poco a poco va recordando que estaba en su casa, con Rita, realizándole una entrevista para la investigación, cuando un pinchazo en el cuello ofició de pasaje hacia el inframundo.

Y ahora ahí, la realidad, en una celda. Pero no una de esas que aparecen en las películas de secuestro. Pese a que sabía que su libertad había sido privada a la fuerza, el recinto era de lo más modesto, confortable y armonioso. Era un lugar de paz.

De repente se acerca un hombre con una sotana y los indicios fueron claros: Roberto Hernández, el semiólogo, había sido raptado por curas; y por ende, su celda era una iglesia.

¿Por qué el Padre Dalton querría secuestrarlo, si la investigación marchaba según las condiciones que había puesto?

Una sola respuesta a su duda: “Si quiere recuperar la libertad, debe presentar el informe antes del amanecer”.

En la celda estaba todo lo que necesitaba: los apuntes, los libros y videos. Solo faltaba una cosa, sobre la que Roberto había estado trabajando, un CD con una leyenda particular: “Porno Nivel 3”.

molero-miriamCon una larga trayectoria periodística en su natal Argentina, Miriam Molero inaugura su carrera literaria con una novela negra con mucho humor e intrigas,  “El rapto” (Vestales).

El Rapto”, un libro contado en 55 capítulos y 303 páginas, narra una historia policial actual que gira en torno a la confrontación de dos mundos que parecen, a vista del imaginario social, imposibles de vincularse: la Iglesia Católica y el mundo del Cine Porno.

A lo largo del relato, la autora Miriam Molero -con su primera novela- configuró una serie de justificaciones que dan cuenta de que estos dos espacios no están tan alejados el uno del otro y la promiscuidad aparece representada con distintas intenciones en cada uno.

Sin embargo, Mollero mantiene al lector expectante de saber por qué la iglesia se interesaría en una industria cinematográfica de nicho, que a ojos de la opinión pública, su unión sería un completo escándalo.

En la historia, cada uno de los personajes y escenarios fueron creados con total sentido de verdad. Los diálogos y reflexiones de Roberto dan cuenta del cuidado teórico con el que la autora representó a un profesor experto en semiótica y son estas características las que hicieron que el trabajo de Mollero fuese publicado por la Editorial Vestales como su ópera prima.

Según la autora, cuando escribió su novela, la imágen social que tenía la iglesia era muy distinta a la que adoptó cuando se publicó. De Benedicto XVI a Francisco la opinión se tornó positiva, sobretodo en Argentina.

Aunque su argumento plantea una problemática de base que va más allá de las gestiones y hasta de las instituciones: “¿Cómo combatir un problema mayor con uno menor?”. Y hasta plantea ciertos dilemas éticos que le dan al lector las herramientas para cuestionar los estereotipos pre construidos socialmente.

Dos historias que caminan en carriles paralelos se entrecruzan en una curva en “U”: un hijo que busca al padre en los suburbios del mundo porno y un investigador que -a pesar de que puede irse- decide quedarse en la iglesia para dilucidar por qué lo buscaron a él.

Curas avaros, monjas pecadoras, directores usureros, mujeres desnudas, drogas, alcohol y noche, un CD: El Rapto.

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