Entre hombres: la víctima de violación

¿Qué se siente tener una pistola cargada dentro del culo y no tener una sola arma para defenderse?

¿Qué se siente ser apuñalado una y otra y otra vez y no morirse?

¿Cómo sangra esa herida?

¿Quién sabe lo que es conocer tan a fondo el daño irreparable de un delincuente y -sin embargo- ser uno mismo el que perpetuamente sentirá la culpa.

El castigo de la vergüenza, el hechizo del trauma.

No puedo hablar por nadie más -no por otros hombres y, claramente, no por otras mujeres. Solo puedo decirles que así describo yo una agresión sexual.

Una violación. Un ataque.

Pasan galaxias vacías por la cabeza. Caricaturas perversas de mundos y de cosa.

Piensa uno en la muerte mientras se le parte a uno el corazón en miles de pedazos.

Toda luz se apaga y cesa de existir.

No es una violación. 

Pensó ESTE hombre, que sabía más verdad de la conveniente.

Pensé que en la puta vida iría a la policía.

No denunciaría. Denunciar era admitirlo y anunciarlo. Era algo que no sabía hacer. Algo que hago por primera vez, incluso ante mi familia.

¿Voy al hospital? ¿A cuál hospital? ¿Voy a dónde?

Estaba perdido en llamas infernalmente desorbitantes y crueles.

Entendía lo que me estaba pasando… de pronto. Y me sentí peor. Pero me sentí más enojado.

No soy tan idiota para tener que ponerme a investigar para saber que que no era el único. Aunque no he conocido a ningún otro…

Porque las agresiones sexuales más recurrentes y denunciadas son de un hombre a una mujer.

Mi caso se trataba de una violación, agresión, invasión de un hombre contra otro hombre.

el abuso sexual es altamente frecuente en las relaciones homosexuales, teniendo tanto consecuencias físicas, psicológicas así como de salud. Y esta no era una relación sexual de ninguna forma. Me entristece la primera oración porque las palabras no se quedan ni grandes ni cortas. Las palabras sobran.

Pero la mía es CUESTIONADA. Mi capacidad de recolección y mi valiente, porque gran par de huevos tengo, confesión de la misma es algo que he hecho por primera vez de forma alguna a persona alguna.

Si se va a enterar una, ¡que se enteren todas! Las bestias que resultan al principio el resto de seres humano.

El asco.

La desconfianza.

Sus códigos y sus limitaciones.

Sin embargo, esta violencia es cual fuera invisibles por lo que un intelectual o, con mayor probabilidad, un pseudointelectual llame ·la base heteropatriarcal sobre la que se sustenta la sociedad” o lo que entiendo como el vomitivo machismo de los carepichas tóxicos que sólo se preocupa por lo que afecta a su carepichísima toxicidad.

¿Entienden, sí, que estoy emputado?

El gran causante de la validad que se le da a pequeño detalle que no se nos presenta a las y los violados lo podemos encontrar en la ignorancia sobre violencias.

A nivel social, el relato sobre la violación lo pinta a uno bajo todas luces dentro del vacío oscuro del estigma de una víctima.

Como no se suele hablar de este y muchos otros abusos en Costa Rica o en latinoamérica, muchísimas personas creen que su mayor trauma no es, no fue, no puede ser una violación.

Yo quise, pero no pude verlo .si soy honesto- un malentendido sexual como si no tuviese en cuenta que yo no quería y que nunca quise. Lo dije, lo grité y me lo tragué,

Es entre dos hombres, mahos o mariconees, en los que hay una mayor tolerancia social a las disputas.

Socialmente se nos inculca la imagen de un hombre fuerte y resistente, que no puede ser maltratado y sufrir como sí podría una mujer.

Las agresiones a hombres se minimizan porque se considera a la mujer más débil, más víctima.

La percepción patriarcal del género, por lo tanto, altera el reconocimiento del delito.

Denunciar una violación como hombre homosexual

Yo no asumí que habían abusado sexualmente de mí hasta que me vi en un hospital,  al que me llevó un amigo, pidiendo la PEP –un tratamiento para prevenir la transmisión de VIH tras una práctica de riesgo; y pasando la ENORME humillación de rogar por ella.

 La PEP se debe usar solamente en situaciones de emergencia y se debe comenzar dentro de las 72 horas después de la posible exposición al VIH.

Es devastador. Y, aun así, no quise denunciar.

Me habían aplanado vivo. A mí, a mi espíritu. A todo.

Algunos de los factores que impiden que una víctima denuncie se reproducen siempre pese al género de la víctima.

Pensar que no la creerán, que la pondrán en duda o no querer enfrascarse en un proceso largo en el que cuestionarán públicamente sus hábitos sexuales son algunos de los principales problemas.

Un miedo que no es infundado, puesto que son muchos los casos de violación en los que, durante un juicio público, la mujer es vilipendiada por los sectores más rancios y machistas de la sociedad.

Este temor a ser juzgado por sus prácticas sexuales es fruto del sistema, en el que todas las víctimas son susceptibles de ser cuestionadas durante el proceso, con las típicas preguntas como “¿qué llevaba puesto?” o “¿qué hacía a solas con él?”.

Las instituciones son heterosexistas y realmente no ayudan a las víctimas, sino que provocan una victimización secundaria.

La mayoría no busca ayuda y cuando lo hacen la respuesta está desafortunadamente muy lejos de ser satisfactoria.

Las víctimas homosexuales, en caso de querer denunciar, se suman a otras catarata de barreras psicológicas.

Por ejemplo, aún hay estigma en hacer de pasivo en las relaciones sexuales (es decir, recibir la penetración) por culpa del machismo social, que asimila algunas prácticas a la feminidad, la cual considera no deseable e, incluso, inferior.

Así pues, en medio de un proceso psicológicamente agresivo, la víctima tiene miedo a exponerse explicando haber tomado un rol sexual cargado de prejuicios.

Una realidad que no se visibiliza

Para ayudar a combatir la invisibilidad que envuelve las violaciones homosexuales hace falta que, en primer lugar, las propias instituciones las tengan en cuenta.

Aunque los protocolos de la mayoría de comunidades y hospitales están adaptados a todo el mundo –contemplan la víctima independientemente de su género–, las estadísticas oficiales ministeriales son insuficientes.

Los informes incluyen el género de las víctimas y de los agresores. Pero no se hace una relación entre ellos.

Es decir, en ningún lado te dice qué porcentaje ocurrió en el marco de una relación homosexual.

Así pues, requiere un ejercicio de interpretación de datos saber qué agresiones sexuales son lésbicas, trans o homosexuales.

Si la estadística no refleja el problema, no existe.

Hace falta que se diga explícitamente que existen agresiones sexuales en el colectivo gay,  que el monopolio de la violencia no lo tienen los heterosexuales.

Es hora de demostrar a los hombres gay y bisexuales violados que no están solos, y que el Estado se preocupa de su bienestar.

Yo no lo denuncié por desconocimiento y por miedo al rechazo, pero si hubiera leído esto probablemente lo habría hecho.

Todavía estamos a tiempo de evitar que más personas pasen por esta situación sin saber qué hacer.

#MeToo

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